Anoxia


I. La ira

De todas las pasiones que con el tiempo se acumularon en su alma la que nunca logró subyugar fue la ira, simplemente estallaba. En sus breves locuras daba muestra de su limitado entendimiento de lo que le rodeaba, nunca lograba entender por qué se sentía así y su único anhelo era librarse de eso que la poseía.

Ella, habitualmente tranquila, colérica golpeaba, maldecía y mataba, contar hasta diez no le funcionaba, aún con la boca cerrada podía escuchar como sus dientes chirrían, sus uñas se hundían en las palmas de sus manos, el brillo de sus ojos se escapaba entre sus párpados a medio cerrar y la sangre proveniente de su nariz solo recrudecía la escena.

Lo disfrutaba, sus cinco sentidos la extasiaban al hacerlo, se enajenaba de ruido o cualquier presencia que pudiera interferir en su propósito. Después, su alma transformaba ese embrujo en algo más, en algo que la transportaba a un mundo diferente, en el que ella tenía paz.

II. El encuentro

Hace una semana pasó la noche conmigo, se durmió en mi regazo. Al salir del trabajo llamó para avisarme que pasaría la noche en mi casa, estaba muy cansada como para pasar hora y media hasta llegar a la suya. ¿Aún trabajará donde mismo?. Cayó dormida mientras contaba los orificios que mi sábana tiene a causa de las cenizas del cigarro, tuve bastante tiempo para contemplar su cándida e inmaculada cara, incluso pude acariciarla.

Durante meses me complací descubriendo todos sus defectos, era el único al que se lo permitía. Si algúno se atrevía no tenía los días contados, sino las horas, no perdía su valioso tiempo. Mientras, a ella le satisfacían sus intentos por eliminar sus imperfecciones, por librarse de ese sentimiento que la agotaba, pero era demasiado quebradiza y terminaba inconclusa.

Al día siguiente, durante la cena, sin tituebar me dijo -” Sabes a la perfección por qué y cómo lo maté y como mi madre murió de angustia “- no sabía cuál era el propósito de su comentario pero, para variar, temía preguntárselo. No había pasado ni un minuto cuando me llamó estúpido para después tomar sus cosas y salir corriendo de la casa. Esto ya lo había vivido pero su voz entrecortada era nueva para mí, nunca la ví suspirar, mucho menos llorar. En un par de horas ya estaba de regreso, hedía a alcohol, a rencor, si el despecho tuviera aroma sería el suyo. Se acostó junto a mí y al mismo tiempo en que por segunda vez me llamaba estúpido sentí como Susy, su navaja, se clavaba y recorría de lado a lado mi espalda. Antes de perder el conocimiento me hizo ver como la hundía en mi pecho.

Antier desperté en el hospital entendiendo el propósito de su comentario pero con una incógnita más.

III. El arquetipo

Experta en lo que hacía, no seleccionaba a sus víctimas, sus impulsos le dominaban tanto que actuaba espontáneamente y cada vez con una mayor carga de violencia y saña, cada acto se convertía en una obra maestra.

Siempre víctima de su temperamento, autosugestionada, enferma y creativa hasta lo inesperado le exigía el máximo a cada víctima. Antes que su alma quería todo su miedo, su dolor y angustia, haciéndolo siempre con una calidad melodramática. En cada uno plasmaba sus más aberrados sentimientos, lo más profundos y que inconscientemente vivían en los callejones de su mente.

Plasmaba su desventura, la fatalidad y el infortunio que otorgaban una imponente grandeza a las tragedias que causaba, en donde la muerte acechaba y el desenlace anunciaba el final en la forma de una catástrofe inminente.

IV. El esbozo.

La casa de mis padres fue mi refugio durante los 4 meses de recuperación, al no hablarme se limitaban a darme aseo, alimentos y medicamentos. Como pude me mantuve ocupado y no pensé detenidamente en ella hasta llegar a mi casa que, impregnada aún con su aroma, me brindó varias horas de escalofríos. Su esencia se podía sentir fácilmente, espesa y lóbrega iba trazando su paso por cada habitación.

Un par de días posteriores a mi regreso sonó If only tonight we could sleep en mi celular, crujía mientras lo oprimía incontrolablemente con mis manos a causa del miedo, era ella. Contesté para escucharla decir dulcemente que la dejara entrar… lo hice, pero sentir el recorrido de su mano por mi mejilla, su boca detenerse en la mía y esas dos palabras que casi exangües llegaron a mi oído me hicieron desear no querer ser yo, perderme en una de sus obras, tan sublimes aún. ¡Rojas centellas cortaron inmediatamente todos mis pensamientos dejándome extasiado ante el poder sublime de su espíritu!. Caído ahí a sus pies, exánime, estaba preparado para todo, excepto para verla partir sin decir palabra alguna.

Desde ese día en más de 6 ocasiones vi alternar los resplandores con las penumbras llenas de miedos, histerias y desesperos, estaba exhausto.

Continuará…

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